Una lectura a Aquellos domingos invernales
Autor: Sergio Núñez Guzmán
La naturaleza invernal está presente en Aquellos domingos invernales, donde el frío natural es la frialdad del desamor humano que no quiere ver, saber del amor con que el padre se sacrifica por el hijo.
El invierno se muestra con todas sus asperezas, y es el hombre que se enfrenta a las inclemencias del tiempo, que sufre, que recibe las marcas frías en sus manos, en su cuerpo por las labores desempeñadas, y que van mucho más allá de un deber por cumplir. Hay en este hombre una fuerza dada por el espíritu que desborda lo corporal. El texto cautiva al lector que pregunta ¿quién es este hombre? Y el ser humano incapaz de ver su destino parece no comprender de dónde surge esta posibilidad de amar al otro y en él, al alter ego encerrado en uno mismo. Hay fuego que arde, una llama que podemos convertir en un amor trasformador del egoísmo humano, flama eterna, el entendimiento del padre con el hijo. El amor humano es la relación espiritual que une los ideales del hombre como el amor del padre por el hijo.
Y nosotros, ¿qué sabemos del amor sin adornos?
En mi biblioteca, camino entre los libros y tomo alguno escondido entre los otros, lo abro, y comienzo a leer “También los domingos mi padre se levantaba temprano” (Sundays too my father got up early), y pienso en mi padre biológico que me engendró y que se sacrificó por mí, y veo la bendición del Padre Eterno, que me permite leer lo que estoy leyendo, pues no es la casualidad la que puso en mis manos el primer renglón de “Aquellos domingos invernales” (Those Winter Sundays). Mi corazón palpita de alegría cuando descubro que la realidad vivida no es metáfora, pues sólo el Señor designó al padre que tuve, y es el Padre Eterno, quien me ha colocado en este camino que piso, que me infunde amor por mis hijos, por la vida que llevo, y es aquí, donde está la maravillosa presencia del Señor que nos ama “sin adornos”.
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